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sábado, 2 de septiembre de 2017

Crónica de carrera: K21 Villa Pehuenia


El 27 de agosto corrí en Villa Pehuenia, una pequeña localidad en la costa norte del lago Aluminé, en la provincia de Neuquén, Argentina. Lo que sigue es una larga crónica de ese viaje y la experiencia de andar en zapatillas en nieve y hielo por primera vez.

Ida: el juego de la silla
El viaje de ida fue más largo de lo que esperaba. Luego de dormir alrededor de tres horas, la madrugada del jueves 24 salí hacia Aeroparque. La partida estaba programada para las 07:40. Cuando ya había pasado los controles de seguridad, por los parlantes anunciaron que el vuelo estaba demorado. Agradecí tener conmigo unas bananas y un mix de frutos secos. Me compré un café doble, lo tomé y me senté a esperar. Para aprovechar el tiempo, me puse los auriculares y empecé a meditar (estoy dando los primeros pasos en ese campo; practico todas las mañanas y todavía no sé si me gusta). En medio de la sesión de meditación, una señora me sacudió el hombro a la voz de "permiso", para que corriera la mochilita de hippie con Osde que había dejado en el asiento de al lado. Poco después llamaron para embarcar.

En el colectivo que nos llevó desde la terminal aérea hasta el avión, a mi lado iban una periodista y un camarógrafo. Ella hablaba de cómo, en el pueblo de donde era, todo el mundo conduce desde pequeño. "Mi hermano, cuando empezó a manejar, era tan chico que no le daba el largo de las piernas para pasar los cambios. Cada vez que tenía que apretar el embrague, se le paraba encima y desaparecía bajo el volante". En realidad, la periodista no decía embrague. Decía embriásh. El hermanito apretaba el embriásh. "Si venía alguien de frente, le daba la sensación de que el auto se manejaba solo. ¿Entendés?" El camarógrafo entendía.
El colectivo paró junto al avión. A pesar de que el vuelo estaba casi completo, en la fila que me tocó no había nadie (más tarde, con el traslado en tierra, no tendría la misma suerte). El comandante se disculpó por la demora y partimos. Dos horas después aterrizamos en Neuquén.
Tomé un segundo café con dos empanadas de pollo en el único bar del aeropuerto. Al mediodía llegó el micro Albus que una vez por día cubre la distancia entre la ciudad de Neuquén y Villa Pehuenia. En teoría, el viaje dura siete horas (la realidad fue un poco distinta). Al subir, encontré que en mi asiento había un señor de alrededor de sesenta años, con pelo blanco y tupido. "Perdón...", balbuceé tímidamente, pasaje en mano. Y antes de que pudiera terminar la frase, el hombre me miró con cara de pocos amigos. "Acá da todo lo mismo - dijo el señor. Hay lugar de sobra". (Por un instante, por un ligerísimo instante, estuve a punto de rendirme ante la mirada firme del señor de pelo blanco. A fin de cuentas, ¿qué tenía de especial el asiento 28A? Podía usar el 29A o el 33B, o algún otro que estuviera libre ¿no?. Quizás el señor tenía razón. Quizás daba igual todo igual. Pero después pensé que tal vez, mientras yo estuviera cómodamente sentado dormitando feliz en el 29A o el 33B, en una parada cualquiera subiría alguien con un pasaje para el 29A o el 33B a quien no le daría todo lo mismo como al señor, y yo tendría que embarcarme en una segunda negociación innecesaria sobre el asiento en plena precordillera neuquina). No me moví; permanecí parado al lado de mi 28A. "Bueno", dijo el señor canoso revoleando los ojos. "En el micro hay lugar para todo el mundo, pero si vos querés sentarte justo acá, no hay ningún problema". Se incorporó muy lentamente, tomó el bolso y el abrigo con los que se había apropiado también del 28B, levantó el culo del 28A y mientras me pasaba a pocos centímetros de la cara, me preguntó: ¿Vos no sos de acá, no?. Y yo: No.
-Vas a Pehuenia?
-Sí.
En camino de Neuquén a Pehuenia
-Vas a competir?
-Sí.
-Con razón. Tenías cara de k21.
Lo tomé como un halago. Me senté en el 28A y traté de dormir un rato. El bus se detuvo a mitad de camino. Había mal tiempo. ¿Señal de celular? Te la debo. Viento fuerte y hielo sobre la ruta obligaron a poner cadenas en las ruedas, tarea que emprendieron los dos choferes ayudados por otros tantos policías que venían a bordo. Algunos de los viajantes, entusiasmados, bajaron a ver la maniobra. Con un principio de mareo (viajar en un vehículo cerrado no está entre mis actividades favoritas), opté por quedarme en mi asiento y tratar de relajar el estómago. A los pocos minutos, quienes habían bajado volvieron restregándose las manos y con la curiosidad congelada por el viento. Después de un rato, ya encadenado, el micro arrancó otra vez y seguimos avanzando a marcha lenta. Llegamos a Villa Pehuenia ocho horas después de haber salido. Mi anfitrión me estaba esperando. Me puse las botas de goma, bajé a la calle nevada y oscura, y en pocos minutos estuvimos en la hostería.


Paseo y preparativos

Laguna verde
El viernes, al subir a desayunar tuve una sorpresa que me puso muy feliz. Me había hecho a la idea de que en la mesa de desayuno encontraría el clásico argentino; es decir, una combinación que desborda de harina blanca y azúcar, sin fibra ni vegetales ni nada que no sea dulce y que, en su versión típica se presenta en forma de café malo, pan blanco, mermeladas, budines y facturas. Sin embargo, había una bandeja con gran variedad de fruta fresca, una granola casera espectacular, semillas, pasas y yogur. Al probarlo, se me iluminó la cara. ¡Era yogur de verdad! "Los yogures que venden acá son una porquería llena de azúcar y gelatina. A veces se consigue uno en frasco de vidrio, pero es carísimo. Por eso preparamos casero". Creo que a partir de ese momento, me enamoré de Mikael, Andrea y su hostería.
Luego del desayuno fui a caminar con Chopper, guía local que resultó ser también entrenador y ex corredor de ultra distancias (carreras de más de 42 km.). El día estaba soleado y, a paso muy tranquilo, hicimos 14 km a pie hasta la laguna Verde, un pequeño espejo de agua entre los lagos Moquehue y Aluminé. Chopper me contó que, para proteger los pies en carreras largas, él se ponía cinta médica y luego aplicaba vaselina para quedar a salvo de los efectos de la fricción.

El sábado fui a buscar el chip y el número. La organización decidió hacer la entrega a 10 kilómetros del pueblo, en la confitería del centro de esquí en el cerro Batea Mahuida, administrado por la comunidad mapuche local. Corredoras y corredores estuvieron dando vueltas por el pueblo, buscando la forma de llegar al punto de entrega. La organización había puesto un micro, pero hubo algunos errores de comunicación y mucha gente no se enteró.

Cada quién con su porqué
La noche anterior a la carrera me desperté varias veces, pero en vez de comerme la cabeza con que estaba durmiendo mal, traté de navegar la situación lo mejor que pudiera. Esto es algo que estoy intentando poner en práctica desde que empecé a meditar. Algunas veces funciona mejor que otras.
Me levanté a las siete, hice mi sesión matutina de meditación (esta vez sin interrupciones) y subí a desayunar. Todos los pasajeros estábamos allí para la carrera. Con eso en mente, Mikael y Andrea habían preparado un menú incluso mejor que el de los días anteriores.
En una de las mesas estaban Neil Calwood y su esposa Nora, de Bariloche. Él es flaco, alto y participa por tercer año consecutivo. Mientras Neil corre, Nora esquía. Como estoy indeciso, le pregunto a Neil si va a usar pantalones cortos o largos. No lo duda un instante: "Con este frío, ¡largos!" Me cuenta que él siempre usa un pantalón de jogging. Además de quedarle cómodo, crea una cámara de aire que lo mantiene calentito. "Lo malo es que también te frena un poco, porque produce resistencia. Pero a mi edad no generás tanto calor y es importante mantener la temperatura". Sí, Neil es competitivo. Tiene 74 años.
Christian (izq.), Alejandra y Neil
En otra mesa Christian Acosta y Alejandra Verzelli especulan sobre cómo estará el tiempo durante la carrera. Llegaron desde Aldo Bonzi, en la provincia de Buenos Aires. Christian es ferroviario de la línea Belgrano Sur y cuando empezó a correr (hace un par de años) pesaba 130 kilos. Me muestra una foto de esa época. Lo reconozco, pero la diferencia es notable. Hoy pesa 100 y está organizando una carrera en La Matanza para los empleados y amigos del ferrocarril, “porque los ferroviarios somos todos gordos”. Contento y motivado, en una segunda foto exhibe orgulloso el diseño de las camisetas que él mismo preparó para la competencia. El sindicato le está dando una mano con la logística (ambulancia, corte de calles, policía, etc.). Alejandra también corre. Juntos han participado en carreras en Tandil y en Balcarce.
Desde una tercera mesa, alguien me pregunta si le podría prestar un cargador para su reloj. Es Alejandro Romero, de Banfield, otro competitivo corredor amateur que busca sumar puntos en la categoría de 10 km. El comedor desborda de expectativa. Luego de desayunar, bajo a cambiarme y enseguida salgo hacia el punto de largada.

Lluvia, nieve, lluvia
Llovía y estaba fresco, pero no había viento. Entre las tres categorías (5, 10 y 21 km.) se habían inscripto 750 personas. La salida fue frente a la biblioteca de Pehuenia, hacia la ruta provincial 13. Poco después, mientras quienes corrían 5 km. se desviaban del camino principal, tuve que quitarme los anteojos y dejarlos colgando porque se me empañaban y me molestaban para ver. Luego de un primer tramo por ruta se entraba hacia arriba por una picada en el bosque de araucarias. A partir de allí, casi todo el recorrido fue sobre nieve, o nieve y hielo. Tanto en la salida como en los primeros tramos en subida, avanzábamos bajo una lluvia débil. Poco a poco la lluvia se convirtió en nevada.
En el primer puesto de hidratación agarré un vaso con agua. Eran de plástico blanco. Tomé y se lo devolví a la misma persona que me lo había dado lleno. Unos metros más allá del puesto empezaba un sinfín de basura. Me cuesta entender qué pasa por la cabeza de quienes tiran residuos al piso. ¿Es que no les importa? ¿Creen que después alguien va a encontrar esa enorme cantidad de vasos blancos en un circuito de blanca nieve en el que, además, estaba nevando? En otras competencias, la organización pide que quienes corren entreguen sus residuos en un puesto de hidratación o que los bajen hasta la llegada. En este caso, no hubo mensajes de este tipo por parte de los responsables de la carrera.
Fuimos subiendo por un bosque de araucarias muy lindo. Mi plan era no zarparme en la larga pendiente ascendente que cubría la primera mitad del recorrido. Pensé en ir tranqui hasta arriba y luego, si podía y me sentía bien, acelerar en la bajada.
La senda estaba marcada con cintas naranja y el avance durante esa primera mitad fue lento. Ahí recordé un comentario que me había hecho Neil esa mañana durante el desayuno: "si hay nieve en el camino y avanzás en fila india, tené cuidado cuando quieras pasar a alguien, porque la senda por la que subas quizás sea de hielo firme por las pisadas de quienes subieron antes, pero a los costados podés encontrarte con nieve floja y no sabés lo que hay debajo; puede ser un pozo, una piedra, ramas…". El consejo me sirvió. De todos modos, en algún momento pisé al costado y me hundí. Otra sugerencia que me dio Neil fue que cuando vas avanzando hacia abajo por una picada de hielo, a veces te conviene ir con las piernas un poco abiertas, pisando en las “paredes” de la picada en vez de en el centro, para no perder el control.
Durante la acreditación me había fijado dónde habría puestos de hidratación, recordando que en la Champa Ultra Race los puestos no estaban exactamente donde decía la info previa. Acá pasó lo mismo. Además de estar en otros lados, me dio la sensación de que había más puestos de los anunciados. De todas maneras, salvo esa primera parada breve para tomar agua, no usé los puestos en todo el recorrido. Tenía líquidos y comida de sobra. Al llegar al segundo puesto estaba la bifurcación para los que hacían 10 km. El resto seguimos subiendo. La trepada terminó en el centro de esquí de Batea Mahuida. Había mucho hielo y estaba resbaladizo. Un par de personas de Gendarmería y del centro de esquí marcaban el camino. Era muy divertido el contraste entre la gente que pasaba cómodamente en esquíes y ese curioso grupo de quienes, revoleando los brazos para no perder el equilibrio, tratábamos a avanzar con zapatillas sobre la superficie helada. En cierto lugar, la pendiente estaba muy resbaladiza; un empleado del centro de esquí me avisó que los que iban más adelante habían hecho culipatín. Mientras empezaba a bajar con pasos cortos y mucho cuidado, fui pensando en mis posibilidades. La idea de deslizarme hacia abajo sentado me gustaba, pero tenía la mochila en la espalda y no quería hacerla mierda. Además, como estaba en shorts, me preguntaba si resbalaría bien (ahora me doy cuenta de que en ese momento no se me ocurrió lo loco de bajar haciendo culipatín sobre el hielo con unos shorcitos runner). Mientras rumiaba todo esto, la naturaleza decidió por mí: resbalé y caí de culo en el piso.
Si nos caemos, nos caemos bien
Era más fácil seguir así. En vez de tratar de levantarme, le avisé a la chica que estaba adelante que la iba a pasar, me adelanté por el costado con la cabeza a la altura de sus rodillas y seguí deslizándome para abajo unos cuantos metros. Al ceder un poco la pendiente, me paré y empecé a trotar. Estábamos justo frente a la entrada de la confitería del centro de esquí y había un pequeño grupo de gente que alentaba. Poco más adelante un gendarme me indicó donde quedaba el último puesto de hidratación. La gente allí fue muy amable y cuando me vieron llegar enseguida ofrecieron agua y comida. Todavía tenía bastante en la mochila, así que en lugar de detenerme, les agradecí y seguí de largo. "Guarda con la bajada, que está resbaladiza", oí que me decían mientras salía hacia el camino de autos por el que habíamos subido en la Land Rover de Neil el día anterior para buscar los kits. En medio de la bajada, la nevada se convirtió en lluvia y me crucé con Christian, el compañero de la hostería. Intercambiamos dos palabras, le deseé éxito en lo que quedaba de carrera y seguí para abajo. Se lo veía muy bien y yo también estaba disfrutando. En general, durante la carrera me sentí fuerte y estable. En las etapas más avanzadas tuve una molestia en los abdominales y no me asusté, sino que me recordé que era normal y que tenía que correr con esa molestia. De todos modos, fue mucho más suave que  el dolor que había sentido ahí mismo durante mi primer maratón.
Los últimos dos kilómetros crucé a varias personas que estaban dando lo mejor de sí para llegar. Una chica me dijo que tenía tenía frío, otro se movía como podía, con el rostro desencajado por el esfuerzo. Traté de alentar a quienes vi peor. Poco después crucé la meta. Tomé un vaso de bebida deportiva y dos cuartos de naranja. Me dieron la medalla, me quitaron el chip y luego una mujer se ofreció para sacarme una foto (con los dedos un poco hinchados, mojados y duros, luego de varios intentos yo estaba perdiendo la lucha por sacarme una selfie).
La foto es mala, pero el sándwich estaba tremendo
Neil me había dicho que en el edificio grande al lado de la llegada había baños, así que me acerqué. Al entrar, mientras que en una punta estaban entregando premios, en la otra vendían comida. Ni lo dudé. Compré un sándwich de pastrón, repollo, zanahoria y cebolla que me pareció lo más rico del mundo mundial. A trote lento y bajo la llovizna recorrí los dos kilómetros que me separaban de la posada. Cuando llegué me di una ducha y me eché a descansar. A las once de la noche salí en el micro hacia Neuquén. Estaba lleno de gente que había corrido la carrera. También subió el señor canoso de la ida. Esta vez, se sentó en la butaca de otro.
Hasta la próxima.



Extra para nerds: ¿Qué me pongo?
De abajo hacia arriba, el equipo por el que opté fue: cinta médica gruesa en las caras interna y externa de los pies a la altura del nacimiento de los dedos. Por encima de eso, vaselina. Zapatillas de trail, pantorrilleras de compresión y medias largas (esto lo hice más que nada para mantener calientes las piernas). Unos calzoncillos deportivos que llegan casi hasta la rodilla, pantalón corto, monitor cardíaco (para evaluar variables post-carrera), vaselina en ingle y pezones. Remera finita de manga larga, buzo, la remera de la carrera y guantes. En la espalda, mochila de hidratación con dos litros de agua. Como esta carrera es parte del entrenamiento para el maratón de Buenos Aires de octubre 2017, decidí probar un par de cosas nuevas con la alimentación; llevé chocolate amargo (nunca más) y gomitas (tampoco). En el bolsillo de la mochi también llevé un silbato (por si me perdía) y un rompevientos flúo, por si se ponía demasiado frío. En la cabeza, cuello multifunción (también conocido como buff), protector solar, gorra y anteojos para sol.
Eso es todo. Si tenés alguna pregunta, comentario, crítica, etc., por favor dejalo acá abajo. Gracias!

lunes, 14 de marzo de 2016

Crónica de carrera: El Durazno 2016


De cómo elegí El Durazno: ganas de más y mejor

Octubre de 2015
Luego de correr por primera vez fuera de la ciudad a principios de 2015, me decidí a participar en una segunda competición en este tipo de circuitos no urbanos. Aquella primera carrera, de 10 km. en las sierras de Tandil, tuvo lugar un día de muchísimo calor y con gran cantidad de participantes. Si bien la experiencia había sido muy buena, para esta nueva etapa quise buscar una fecha con temperaturas no tan extremas, una distancia mayor y un circuito menos concurrido.
Después de investigar un poco, encontré una carrera que parecía interesante: la Black Rock Ultra Trail, que se correría en la zona de El Durazno, cerca de la localidad de Villa Yacanto, en la Provincia de Córdoba, Argentina. Se podía participar en 4 distancias: 5, 12, 18 y 28 kilómetros. En comparación con nuestra carrera anterior, esta parecía menos concurrida y el hecho de que hubiera cuatro recorridos para elegir nos daba mucha libertad. No era una carrera para expertos corredores de cientos de kilómetros, sino algo que parecía más a nuestro nivel. Así fue que mi pareja y yo nos inscribimos. Lo que sigue es la crónica de ese viaje.

El entrenamiento: soy un boludo

Noviembre de 2015
Nunca me gustaron los deportes y no tengo un buen estado físico. Por eso, decidí entrenar durante dieciséis semanas, como para llegar a la carrera en buenas condiciones. No quería llegar mal preparado al día de la largada. Esta idea inicial era buena, pero en el camino surgieron algunos obstáculos. Poco después de empezar a prepararme, haciendo ejercicios en casa me rompí los meniscos de la rodilla derecha. La lesión me obligó a cambiar algunos de los ejercicios de fortalecimiento que estaba haciendo (flexionar al límite la pierna derecha, como por ejemplo cuando estoy sentado con las piernas cruzadas, se convirtió en un problema), pero correr no me producía dolor ni molestias. Luego de tomar una radiografía y hacer una resonancia magnética, la indicación médica fue que, mientras no doliera, podía seguir adelante.

Cometí un error al elegir el plan de entrenamiento: opté por un programa diseñado para mejorar los tiempos en media maratón. Mi razonamiento al elegir este plan había sido el siguiente: ya había corrido dos medias maratones y conocía el tiempo que tardaba en recorrer esa distancia; la carrera de montaña era de una distancia un poco menor (18 km. en vez de los 21 km. de la media maratón). Si elegía un plan de entrenamiento más exigente que el que había usado en las dos medias maratones y lo cumplía con éxito, lograría desarrollar un mejor estado físico, y, por lo tanto, estaría bien preparado para enfrentar la distancia que, después de todo, era de solo 18 km. ¿No es cierto?

16 de febrero de 2016
No, no era cierto. La lección llegó de manera violenta: cuando faltaban tres semanas para la carrera, una mañana amanecí con las piernas duras, totalmente rígidas. Dos días antes, confiado en lo que yo creía que era un gran estado físico logrado con tres meses de entrenamiento, había decidido remplazar la última corrida larga de 21 km. en el llano (los que saben, a esas corridas largas les dicen “fondo”) con 15 km. de trote en pendiente, que incluían unos modestos 6 km. en la montaña. Quedé arruinado por una semana. Apenas podía caminar. Las escaleras se convirtieron en obstáculos insalvables. Cuando se lo conté a un amigo que corre de verdad, fue contundente: obvio, boludo, ¡no hiciste una sola cuesta en todo el entrenamiento! Así aprendí que si uno va a correr una carrera en la montaña, tiene que entrenar... ¡para correr en montaña! Ahora me parece obvio, pero en su momento no. Y era demasiado tarde como para introducir cambios significativos.

Camino a El Durazno: asientos de lujo y milanesas de goma

3 y 4 de marzo de 2016.
Tres días antes de la carrera viajamos hacia Córdoba. A El Durazno se llega por ruta. No hay estaciones de tren ni aeropuertos cerca. Salimos desde Retiro en un viaje nocturno a bordo de un bus con servicio suite, de una empresa elegida al azar entre las varias que realizan el recorrido hasta Santa Rosa de Calamuchita, lugar de trasbordo hacia El Durazno.
El viaje desde Buenos Aires fue muy placentero. Un par de horas después de partir se anunció por los parlantes que en unos instantes se serviría la cena, momento durante el cual no sería posible usar el baño. Mi novia y yo estábamos en el piso superior. Mientras el auxiliar de a bordo empezaba con el servicio de cena, mi pareja bajó al baño. Cuando volvió, el auxiliar le puso los puntos. Yo soy bueno y no tengo problema, dijo, pero mientras se sirve la comida no se puede usar el baño. No hay que molestar a la gente que viaja abajo. Yo soy bueno, repitió, pero otros auxiliares te van a reputear si lo hacés. Perdón, perdón, dijo ella mientras se sentaba de nuevo en su asiento y el hombre encastraba una gran bandeja plástica en dos agujeros ubicados a cada lado de su asiento. Sobre la estructura, que impedía que los maleducados fueran al baño cuando estaba prohibido (yo soy bueno), el muchacho apoyó una bandeja más chiquita con la cena. Ahora sí, no había escapatoria. Sólo quedaba comer.
Dos cucharadas de arroz blanco frío hervido acompañado por media docena de arvejas y unas trazas de zanahoria rallada, una lámina gomosa e irrompible cubierta con pan rallado (quizás hubiera sido útil para corredores que necesitaran un cambio de suelas); de postre, una feta finiiiiiiiiiiiiita de pionono con dulce de leche con una bolita roja de gelatina en el medio. Acompañamos la comida con un poco de agua. También había gaseosas azucaradas de una primera marca. Mientras llenaba los vasos, el bueno nos hizo saber que solo tenía tres días libres por mes. Buen provecho. Para finalizar nos ofreció café, whisky y licor -de no tan primeras marcas- que se llevaban muy mal con su camisa blanca.

Desayuno en la terminal de Villa Yacanto
Los asientos, reclinables casi 180 grados, incluían manta y almohada. Dormimos toda la noche. Por la mañana, el bueno de la camisa casi blanca sirvió el desayuno: café instantáneo y un alfajor guaymallén. El edulcorante te lo debo. Casi a las ocho llegamos a Santa Rosa de Calamuchita. Tras bajar, tomamos un segundo desayuno en el bar de la terminal: café con leche, caseritos, una manzana y yogur. Un rato después estábamos subiendo a un minibús con el que cubrimos el trayecto de 50 minutos hasta Villa Yacanto. El último tramo del viaje, desde Yacanto hasta El Durazno, fue en taxi. Llegamos a la posada. Antes de despedirse, el taxista nos dio su tarjeta: acá no hay señal de celular, así que si me necesitan pidan prestado el teléfono del restaurante.

El lugar: reconocimiento y preparativos

5 de marzo de 2016.
El día previo a la carrera lo usamos para recorrer el lugar. Por la tarde, cada uno por su lado, Anna y yo salimos a trotar alrededor del poblado. Así descubrimos que el circuito estaba identificado con marcas rojas, bien visibles. Nos encontramos media hora después en el único camino de acceso. Ese mismo día empezaron a llegar los participantes.


La largada sería en dos grupos: un primer turno para quienes participaban en las distancias de 28 km. y 18 km, y un segundo para los de 12 km. y 5 km.
El recorrido, bien marcado

6 de marzo
El día de la carrera, bien temprano, nos acercamos al complejo Kalahuasi. Allí, en una especie de gran quincho a orillas del río Durazno, estaba montada la mesa de acreditaciones. Los organizadores nos entregaron una bolsa con una remera (habíamos elegido el talle al inscribirnos por internet), el número de participante con cuatro ganchitos para colocarlo, un envase de 200 cm3 de jugo de naranja, un paquete con frutos secos (almendras, maníes y pasas de uva), una pulsera de papel para identificar a los participantes dentro del predio y un volante con el calendario de carreras del año. Me gustó que no hubiera comida chatarra, como suele ocurrir en muchas de las carreras que se realizan en la ciudad de Buenos Aires.
Como aún faltaban casi tres horas para la largada, volvimos a la posada para desayunar. Lo malo de correr fuera de nuestra ciudad es que a veces uno no puede alimentarse exactamente como quisiera. Lo bueno es que quizás esa comida no deseada resulta riquísima: pan casero con manteca y dulce de leche, mate, queso duro y una banana fue nuestro desayuno. Mi equipo: calzas cortas, medias hasta la rodilla, mochila cargada con casi dos litros de agua, almendras y un poco de pan.

La largada: incertidumbre y promesa de choripán

Antes de la largada, la organizadora Tania Díaz Slater dio un informe técnico con información sumamente útil. Mientras algunos se quedaban charlando en el quincho, muchos se juntaron alrededor de la oradora, quien dio detalles como la ubicación de los puestos de hidratación, las características del terreno, los sitios donde se ubicaban los banderilleros, etc. Esto se hizo para cada uno de los circuitos (5, 12, 18 y 28 km.). En esa charla inicial, Díaz Slater enfatizó la importancia de no tirar basura a lo largo del recorrido. En otras carreras de este tipo este pedido no se hace, pues se asume que la gente no va a acatarlo.

Había decidido tomar el esfuerzo con calma. Nunca había corrido 18 kilómetros en montaña y no estaba seguro de cómo reaccionaría mi cuerpo en un circuito que la organizadora calificó como “exigente”. El objetivo que me puse fue terminar la carrera en buena forma, sin pensar en lograr un tiempo específico. No iba a controlar la velocidad. Sólo programé una alarma cada 15 minutos para recordarme que debía beber un poco de líquido. Los dos litros que llevaba en la espalda eran más que suficiente, aún teniendo en cuenta que hacía bastante calor. En mi cabeza quedaron rebotando las palabras de la organizadora: “la recomendación en este tipo de circuitos es ir de menos a más; no se entusiasmen demasiado al comienzo; guarden sus energías para el final”. Con esa mentalidad me acomodé en el pelotón de largada.

La salida de El Durazno
Arranqué último. A unos quinientos metros de la línea de partida, mientras entrábamos en una primera subida leve que nos llevaría hacia la salida del pueblo, una señora gritaba frenética: ¡suerte, chicos, vamos! ¡Vamos que los espero a la vuelta! ¡Vendo choripanes y cerveza! No sé si fue el calor o los nervios o qué, pero la imagen de un choripán y una cerveza me dio ganas de vomitar.

La carrera: tirá para arriba

Los primeros siete kilómetros fueron bravos. Subidas largas y empinadas, a veces en forma de zeta, otras simples e interminables rectas. Aproveché los breves tramos horizontales o en bajada para recuperar el aire y tratar de bajar las pulsaciones. Al llegar al kilómetro 6 empecé a oír a algunos que se preguntaban dónde estaba el anunciado puesto de hidratación del kilómetro 6,5. Con el terreno empinado y con curvas, la distancia visual no era mucha. El puesto podría estar tras la próxima curva... o no. Tras pasar el punto donde supuestamente estaba el puesto sin novedad, yo también empecé a preguntarme qué estaba pasando. La cuestas seguían siendo marcadas y hacía calor. ¿Cuánto más habría que andar hasta la primera pausa?
Km 7: Nada por aquí, nada por allá. ¿Dónde está el puesto?
-Ves, eso nos faltó, dijo una chica pocos metros detrás de mí cuando me detuve unos segundos para tomar una foto. ¿Qué?, dijo una segunda voz, haciendo un esfuerzo para hablar. Eso nos faltó, repitió molesta y en voz baja la chica, como tratando de que nadie la oyera. ¿Qué cosa?, dijo el hombre en un hilo de voz, no tanto para ser discreto sino porque a esa altura de la subida no tenía aire como para ponerse a charlar con nadie. La camarita, dijo ella. Así podríamos parar un poco. El hombre no contestó. Unos minutos después dijo, más para sí mismo que para la mujer: vamos, vamos que estamos casi en la mitad. De hecho aún quedaban más de dos tercios del recorrido por delante. Pensé en alertar al hombre de su error, pero después descarté la idea. Ya descubriría por sí mismo que todavía estaba lejos de la meta. Pocos minutos más adelante, al costado del camino apareció una mesita. Habíamos andado más de 7 kilómetros. Detrás de la mesa, dos chicos con muy buena onda repartían agua y bebidas deportivas frescas. Había también trozos de bananas y naranjas en cuartos. Llegar a ese puesto fue un alivio. Estaba cansado y, por las caras que veían alrededor de la mesa, no era el único.

Una refrescada en el camino.
 Foto: Pablo Hernán Tolmasky
Algo más adelante, un arroyo atravesaba el circuito y obligaba a avanzar con el agua hasta las rodillas. Inseguro, me detuve en la orilla. En medio del río, una mujer bajita avanzaba despacio, zapatillas en mano. A mi lado un hombre empezaba a quitarse el calzado. El agua, transparente, dejaba ver las filosas piedras del lecho. Ni en pedo, pensé. Prefiero mojarme antes que terminar con un pie cortado. Entré en el agua. Estaba bastante fría (el agua que llevaba en la espalda, en cambio, se había ido entibiando con el calor de mi cuerpo y el sol), así que aproveché para beber un poco y mojarme la cabeza. Si bien no era sofocante, a esa altura del recorrido (estábamos aproximadamente en el kilómetro 15), el calor se hacía sentir; el cansancio también.


Km 16. ¡Almendritas!
Hubo algo en el cruce de ese arroyo que me hizo sentir muy bien. Quizás era la sensación de aventura, quizás el agua fresca bajando desde mi cabeza, o tal vez simplemente fuera que las endorfinas habían entrado en acción. Sea lo que fuere, la llegada al puesto del kilómetro 16 me encontró de muy buen humor. Cuando creía que las cosas no podrían estar mejor, vi que el puesto, además de ofrecer bebidas y frutas frescas, tenía frutos secos salados, pasas de uva y galletas. ¡Excelente! El lugar marcaba también la bifurcación del camino: hacia la derecha debían seguir quienes se aventuraban a los 28 kilómetros. A la izquierda iríamos los que participábamos en el circuito de 18.

 

Llegada: medalla, foto y papas fritas

Tras una nueva subida, la mayor parte del trayecto restante fue en leve pendiente descendente. Atrás quedaron los últimos voluntarios (que recorrían el circuito verificando que no hubiera participantes en problemas) y la pareja de bomberos apostada en la última bifurcación del camino. De pronto apareció un corredor, jadeando, que al ver a los bomberos les preguntó si ya habían cruzado por allí muchos corredores del circuito de 28 km. Los bomberos no tenían ni idea (¿por qué habrían de tenerla?). El tipo, estresado, desapareció tan rápido como había llegado.
Poco después surgieron los gritos de aliento y la música. Estábamos por llegar al final. A lo largo de los últimos doscientos metros, quienes ya habían terminado daban ánimo a los que todavía estábamos en carrera. Al cruzar la meta, mientras alguien me colgaba una medalla en el cuello, un locutor anunciaba mi nombre y se disculpaba por no poder pronunciar el apellido. La historia de mi vida, pensé. Un chico me indicó dónde había un nuevo puesto con comida y bebida. Entre anuncio y anuncio de quienes iban llegando, la voz repetía el pedido hecho al inicio para que la gente no tirara basura al piso. Ahí me di cuenta de que, a diferencia de lo que había ocurrido el año anterior en Tandil, en esta carrera la cantidad de desperdicios que encontré fue mínima (dos botellas y dos envases de gel). Me quedé con la sensación de que si la organización destaca la importancia de no ensuciar el paisaje, los participantes se hacen cargo, guardan la basura (envases usados de gel, envoltorios de caramelos, etc.) en sus bolsillos y llevan las botellas vacías en sus manos hasta el siguiente puesto.

No te preocupes por el apellido; está todo bien.
Foto: Luciana Doeyo Fotografía
Terminé cansado, pero entero y muy feliz. No tenía energía como para quedarme a ver la entrega de premios. Tras correr sus 5 km., Anna había llegado mucho antes que yo. Ya bañada y cambiada, estaba tomando sol en la playa. Tras el reencuentro, charlamos sobre cómo le había ida a cada uno. Luego ducha, juntar nuestras cosas y empezar la vuelta a casa. Nos fuimos de El Durazno en la caja de una camioneta que nos levantó mientras hacíamos dedo para salir del pueblo. Nunca vimos a la señora que ofrecía la cerveza con chori que casi me hace vomitar en la largada. Al llegar a Villa Yacanto, mientras esperábamos el primer bus, compartimos un lomito completo (sándwich de carne, lechuga, tomate, jamón y queso, en pan francés) acompañado por papas fritas y una pilsen Córdoba. Fue una manera fabulosa de cerrar el fin de semana. El Durazno nos dejó muy contentos, y con ganas de volver.


Info complementaria


Los resultados y una gran cantidad de fotos sobre este evento están disponibles en https://www.facebook.com/blackrocknighttrail/photos_stream. La carrera forma parte de una serie llamada BlackRock Trail Series, que incluye competencias como la Champa Ultra Trail (que se realiza en el Cerro Champaquí el 30/04/16) y la Night Trail (programada para el 10/12/2016 en Villa Yacanto de Calamuchita). La empresa organizadora es Mountain Race Logística.


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